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Momento óptimo para una intervención de ejercicio físico para mejorar la capacidad cardiorrespiratoria

Momento óptimo para una intervención de ejercicio físico para mejorar la capacidad cardiorrespiratoria

El impacto de la quimioterapia sobre la aptitud cardiorrespiratoria es un desafío clínico relevante, debido a que el tratamiento oncológico puede generar un deterioro significativo en la capacidad funcional del paciente, afectando su calidad de vida y el pronóstico a largo plazo. La evidencia sugiere que el ejercicio físico desempeña un papel clave en la mitigación de estos efectos adversos, pero el momento óptimo para su implementación sigue siendo incierto. Algunas investigaciones proponen que iniciar la actividad física durante la quimioterapia podría mejorar la recuperación y los desenlaces clínicos, pero otros estudios plantean que la rehabilitación posterior al tratamiento podría ser más efectiva al evitar una sobrecarga fisiológica durante la terapia oncológica. Este estudio compara ambos enfoques para determinar cuál proporciona mayores beneficios en la mejora del rendimiento cardiorrespiratorio, ofreciendo nuevas perspectivas sobre este tema.

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Lo mejor de la literatura en Cardio-Onco-Hematología

Raúl David Alegre Chang

Lima, Perú.


Antecedentes

El cáncer y sus tratamientos tienen un impacto significativo en la capacidad cardiorrespiratoria de los pacientes, aumentando el riesgo cardiovascular en los sobrevivientes. Según el estudio de Jones et al.(1), los sobrevivientes de cáncer de mama experimentan un deterioro acelerado de la función cardiopulmonar en comparación con individuos sin antecedentes de cáncer. Este deterioro se manifiesta, entre otros, como una reducción del consumo máximo de oxígeno (VO2máx), un marcador clave de la capacidad aeróbica y la salud cardiovascular, considerado como un predictor independiente de la mortalidad cardiovascular. El VO2máx mide la cantidad máxima de oxígeno que una persona puede utilizar durante el ejercicio intenso, y refleja la eficiencia del sistema cardiovascular. Se ha descrito(2) que el VO2máx es un predictor significativo de la mortalidad cardiovascular, incluso cuando se consideran factores de riesgo tradicionales como la hipertensión, el colesterol elevado y el tabaquismo. Esto significa que un VO2máx más alto está asociado con un menor riesgo de morir por enfermedades cardiovasculares, independientemente de los otros factores de riesgo.

Las terapias contra el cáncer, como la quimioterapia, la radioterapia y las terapias dirigidas, pueden causar daño al corazón y los pulmones, afectando la eficiencia del transporte de oxígeno en el organismo. Además, la fatiga, el desacondicionaamiento físico y la inflamación sistémica crónica contribuyen a una disminución progresiva en la tolerancia al ejercicio. Debido a esto, los sobrevivientes de cáncer tienen mayor riesgo de desarrollar enfermedad cardiovascular, limitaciones funcionales y una menor calidad de vida(3).

El estudio de Sturgeon et al.(4) es un análisis poblacional que examina el riesgo de mortalidad por ECV en pacientes con cáncer en los Estados Unidos. Utilizando datos del registro SEER (Surveillance, Epidemiology, and End Results), los autores evaluaron más de 3.2 millones de pacientes diagnosticados con cáncer entre 1973 y 2012. Los resultados revelan que la ECV es la segunda causa de muerte en esta población, solo superada por el cáncer mismo. De manera significativa, el riesgo relativo de muerte por ECV fue mayor en pacientes más jóvenes, en quienes sobrevivieron más de 10 años al diagnóstico y en aquellos con cánceres de alta supervivencia, como el de mama o testículo. El estudio destaca que, a medida que mejora la supervivencia oncológica, la carga de enfermedades crónicas como la ECV adquiere mayor relevancia clínica. De forma similar, Armenian et al.(5) realizaron un estudio retrospectivo de cohorte en una población adulta para evaluar el riesgo de ECV en sobrevivientes de cáncer de inicio en la adultez. Analizaron datos de más de 32,000 pacientes con diagnóstico de cáncer y más de 160,000 controles sin cáncer, emparejados por edad, sexo y otros factores. Los resultados mostraron que los sobrevivientes de cáncer tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollar diversas formas de ECV, como insuficiencia cardíaca, enfermedad coronaria y arritmias, en comparación con la población general. Este riesgo fue particularmente alto en pacientes que recibieron tratamientos cardiotóxicos como antraciclinas o radioterapia torácica. Estos estudios resaltan la mayor probabilidad de complicaciones cardiovasculares futuras en sobrevivientes de cáncer.

Por otro lado, varios estudios han mostrado que el ejercicio físico puede mitigar estos efectos adversos. En pacientes con cáncer de próstata en tratamiento hormonal, se demostró que el entrenamiento aeróbico y el de fuerza contribuyen a mantener la capacidad cardiorrespiratoria, además de disminuir la inflamación y mejorar la función vascular y disminuir los factores de riesgo cardiovascular, como la hipertensión arterial y la dislipidemia (6). También se observó que los pacientes activos presentaban menos rigidez arterial y mejor capacidad física que los sedentarios. De manera semejante, en pacientes con cáncer de mama se halló que el entrenamiento aeróbico regular atenúa la disminución del VO2máx inducida por la quimioterapia y disminuye los riesgos cardiovasculares(7). Además, el ejercicio mejoró la variabilidad de la frecuencia cardíaca, lo que sugiere una mejor regulación autonómica del corazón. También se identificaron mejoras en la perfusión miocárdica y la función endotelial, disminuyendo la inflamación sistémica y el estrés oxidativo.

Los efectos a largo plazo del ejercicio en la reducción de la mortalidad y la mejora de la funcionalidad en sobrevivientes de cáncer han sido ampliamente estudiados. En un estudio realizado por Lavery et al.(8), se evaluaron los efectos del ejercicio físico sobre la mortalidad en una cohorte de 11,480 pacientes con diagnóstico de cáncer. El objetivo fue analizar si cumplir con las pautas de actividad física recomendadas luego del diagnóstico se asociaba con una mejor supervivencia. Los resultados concluyeron que aquellos pacientes que realizaron ejercicio de forma regular, cumpliendo con las recomendaciones de actividad física moderada a vigorosa (por lo menos 150 minutos por semana), presentaron una reducción del 25% en el riesgo de mortalidad por todas las causas en comparación con aquellos que permanecieron inactivos. Este efecto beneficioso fue independiente de factores como la edad, el tipo de cáncer, el estadio de la enfermedad y otros estilos de vida saludables. En ese sentido, una investigación realizada por el Roswell Park Comprehensive Cancer Center(9) evidenció el impacto positivo de la actividad física regular en la supervivencia de los pacientes con cáncer. El estudio analizó datos de pacientes que informaron sus niveles de actividad física tanto antes como después del diagnóstico oncológico. Los resultados mostraron que los pacientes que mantenían una rutina de ejercicio regular en ambos períodos presentaron un 40% más de probabilidades de supervivencia en comparación con los pacientes sedentarios. Este hallazgo sugiere que no solo la actividad física posterior al diagnóstico es beneficiosa, sino que un estilo de vida activo mantenido en el tiempo podría generar una “reserva funcional” que ayuda a tolerar mejor los tratamientos y mitigar sus efectos adversos. Además, la actividad física puede mejorar parámetros fisiológicos como la capacidad cardiorrespiratoria, la fuerza muscular y la regulación metabólica, factores estrechamente vinculados con mejores desenlaces clínicos. Estos estudios refuerzan la importancia de incorporar recomendaciones personalizadas de ejercicio y mantener una vida activa dentro del abordaje integral del cáncer.

Sin embargo, aunque el ejercicio tiene múltiples beneficios en pacientes oncológicos, aún no existe un consenso claro sobre el momento ideal para su inicio. La evidencia sobre el momento óptimo para iniciar estas intervenciones sigue siendo limitada y aún no está claro cuál es el momento ideal para su implementación(10). En una revisión sistemática y meta análisis con el objetivo de evaluar los efectos del ejercicio físico en la salud cardiovascular de pacientes oncológicos, realizada por Scott et al.(11), se incluyeron 48 ensayos clínicos aleatorizados con más de 3,600 participantes que recibieron intervenciones de ejercicio durante o después del tratamiento contra el cáncer. Los resultados mostraron que el ejercicio mejora significativamente la aptitud cardiorrespiratoria, medida por el VO2máx, en comparación con los grupos control. Además, se observaron beneficios en la reducción de la fatiga y una posible mitigación de la toxicidad cardiovascular inducida por el tratamiento oncológico. En la misma línea, Courneya et al.(12) llevaron a cabo un ensayo clínico aleatorizado y multicéntrico para evaluar los efectos del ejercicio aeróbico, de resistencia y combinado en mujeres con cáncer de mama que recibían quimioterapia adyuvante. Participaron 242 pacientes, asignados a uno de tres grupos: entrenamiento aeróbico, entrenamiento de resistencia o grupo control. Los resultados mostraron que ambos tipos de ejercicio, tanto por separado como combinados, ayudaron a mantener o mejorar la aptitud cardiorrespiratoria (VO2máx), la fuerza muscular y la calidad de vida, en comparación con el grupo control. Así mismo, Mijwel et al.(13) realizaron un ensayo clínico aleatorizado para evaluar la efectividad de añadir entrenamiento interválico de alta intensidad (HIIT) a un programa convencional de ejercicio en mujeres con cáncer de mama que estaban recibiendo quimioterapia. Participaron 57 pacientes, asignados a grupos con ejercicio combinado o sin intervención. Los resultados mostraron que el HIIT fue seguro, bien tolerado y efectivo para mantener la aptitud cardiorrespiratoria (VO2máx), además de reducir la fatiga y mejorar la función emocional. En conjunto, estos estudios han mostrado que el ejercicio es seguro y eficaz, incluso aquellos de alta intensidad, como los HIIT, y que es seguro realizarlos durante la quimioterapia, ayudando a mitigar los efectos adversos del tratamiento.

Este trabajo revisa la literatura sobre la relación entre ejercicio y capacidad cardiorrespiratoria en pacientes oncológicos y busca profundizar en la pregunta sobre si iniciar una intervención de ejercicio durante la quimioterapia es más efectivo que comenzarla después del tratamiento, lo cual tiene implicaciones directas en la rehabilitación oncológica y la práctica clínica.


Resumen del trabajo elegido

El objetivo de este estudio fue determinar si una intervención de ejercicio físico iniciada durante la quimioterapia es superior a una iniciada después de la quimioterapia en la mejora de la capacidad cardiorrespiratoria a largo plazo.

Se trata de un ensayo clínico multicéntrico y aleatorizado con una muestra de 266 pacientes diagnosticados con cáncer de mama, testicular, colorrectal o linfoma. El estudio incluyó dos grupos: uno que comenzó la intervención de ejercicio durante la quimioterapia (grupo A) y otro que lo hizo después (grupo B). Se implementó un programa de ejercicio físico estructurado de 24 semanas para evaluar su impacto en pacientes sometidos a quimioterapia. La intervención constó de dos fases: una primera fase de 12 semanas de ejercicio supervisado y una segunda fase de 12 semanas de ejercicio no supervisado realizado en casa.

Durante la primera mitad de la intervención, los participantes asistieron a sesiones de ejercicio supervisadas en un centro de rehabilitación. Estas sesiones se llevaron a cabo tres veces por semana e incluyeron ejercicios aeróbicos y de resistencia. En el ejercicio aeróbico se utilizó principalmente ciclismo en una bicicleta estática a una intensidad moderada a vigorosa. La carga de trabajo se ajustó individualmente para alcanzar un gasto energético de aproximadamente 10.2 MET-h por sesión. El entrenamiento de resistencia se realizó con ejercicios de fuerza, con pesas libres para los principales grupos musculares, incluyendo piernas y brazos. La intensidad se incrementó progresivamente a lo largo de las sesiones. En algunos casos, se incluyeron actividades recreativas como el bádminton para diversificar la rutina y fomentar la adherencia al programa.

Después de completar la fase supervisada, los participantes continuaron con un programa de ejercicio en casa, diseñado para mantener los beneficios obtenidos. Se recomendó que los pacientes realizarán al menos tres sesiones por semana y se incluyeron caminatas, ciclismo al aire libre o en bicicleta estacionaria y ejercicios de resistencia con bandas elásticas o peso corporal. Los participantes llevaron un autorregistro en un diario de entrenamiento para monitorear su adherencia y progresión.

El grupo A inició la fase supervisada durante la quimioterapia, mientras que el grupo B la comenzó aproximadamente tres semanas después de finalizar el tratamiento. El objetivo era evaluar si el momento de inicio influía en la recuperación cardiorrespiratoria y en la calidad de vida.

El programa fue diseñado para garantizar la seguridad de los participantes, con monitoreo constante en la fase supervisada. No se reportaron eventos adversos graves, y la adherencia fue alta en ambos grupos (75% en el grupo A y 83% en el grupo B para la fase supervisada).

El criterio de evaluación primario fue el consumo máximo de oxígeno (VO2máx) un año después de la intervención. Los criterios secundarios incluyeron la medición de VO2máx inmediatamente después de la intervención, fuerza muscular, calidad de vida relacionada con la salud (HRQoL), fatiga, actividad física y autoeficacia. Los análisis estadísticos se realizaron con modelos lineales mixtos con intención de tratar.

La metodología utilizada es rigurosa y bien estructurada. El diseño del estudio presenta fortalezas importantes, como el uso de un protocolo estructurado y un seguimiento a largo plazo que permite evaluar los efectos sostenidos de la intervención. La aleatorización y el análisis por intención de tratar aumentan la validez interna del estudio, garantizando que los hallazgos sean aplicables a una amplia población de pacientes oncológicos. Además, el estudio emplea herramientas estandarizadas para la evaluación de desenlaces primarios y secundarios, lo que refuerza la fiabilidad de los resultados y permite la comparación con investigaciones previas en el área de la rehabilitación oncológica.

Sin embargo, la tasa de abandono reportada fue superior a la esperada (29% frente a un 15% proyectado), lo que podría influir en la validez externa del estudio y limitar la generalización de los resultados a la práctica clínica real. Esta elevada tasa de deserción podría explicarse por diversos factores, entre ellos la fatiga inducida por la quimioterapia, las dificultades logísticas para asistir a las sesiones de ejercicio y las diferencias en la adherencia entre los grupos. Es posible que los pacientes más comprometidos con su salud hayan sido los que persistieron en la intervención, lo que podría generar un sesgo de selección y sobreestimar los beneficios del ejercicio en la población general de pacientes oncológicos.

Para mejorar la adherencia en futuros estudios, sería conveniente incorporar estrategias centradas en el paciente, como programas de ejercicio domiciliario con supervisión virtual, educación sobre los beneficios del ejercicio, apoyo psicológico y una mayor flexibilización de los horarios de entrenamiento. Además, la implementación de tecnologías como pulseras de actividad, aplicaciones móviles o videollamadas con especialistas podría facilitar el seguimiento personalizado, mejorar la motivación y reducir las barreras logísticas para la participación sostenida.

Otro aspecto relevante es la ausencia de un grupo control sin intervención, lo que impide determinar con precisión, cuánto del beneficio observado es atribuible al ejercicio y cuánto a la recuperación natural tras la quimioterapia. Si bien existe evidencia previa sobre los efectos positivos del ejercicio en pacientes oncológicos, la inclusión de un grupo sin intervención habría permitido cuantificar con mayor exactitud la magnitud del impacto de la actividad física. Además, la ausencia de este grupo impide explorar si el solo hecho de participar en un estudio clínico y recibir atención adicional podría haber influido en los resultados mediante el efecto placebo o la motivación adicional generada por la participación en una investigación estructurada.

La variabilidad en la adherencia a la intervención es otro punto crítico a considerar. Aunque el estudio reporta niveles generales de adherencia relativamente altos, no se exploran en profundidad los factores que podrían haber afectado la participación de los pacientes en el programa de ejercicio. La fatiga relacionada con la quimioterapia, los efectos adversos del tratamiento y las barreras logísticas son aspectos que podrían haber influido en la capacidad de los pacientes para completar la intervención. Asimismo, la medición de la adherencia en la fase domiciliaria fue autoinformada, lo que introduce el riesgo de sesgo de memoria y sobreestimación de la actividad realizada. Sería útil que futuros estudios integren dispositivos objetivos de monitoreo, como acelerómetros o pulseras de actividad, para mejorar la precisión en la evaluación del cumplimiento de la intervención.

De otro lado, el seguimiento a un año post intervención permite evaluar los efectos a largo plazo, proporcionando información valiosa sobre la sostenibilidad de los beneficios observados tras la finalización del programa de ejercicio. Este análisis prolongado ayuda a determinar si las mejoras en la capacidad cardiorrespiratoria, la calidad de vida y la reducción de la fatiga se mantienen con el tiempo o si requieren estrategias adicionales para su mantenimiento. Asimismo, permite identificar posibles recaídas en la condición física de los pacientes y evaluar la necesidad de intervenciones de refuerzo, asegurando así una planificación más efectiva de la rehabilitación oncológica.

En relación a los resultados, entre febrero de 2013 y noviembre de 2018, se evaluaron 502 pacientes para su elegibilidad en el estudio, de los cuales 100 fueron considerados no elegibles, 130 declinaron participar y 6 no pudieron ser evaluados. Finalmente, 266 pacientes fueron incluidos y aleatorizados en dos grupos: 133 asignados a la intervención durante la quimioterapia (Grupo A) y 133 a la intervención después de la quimioterapia (Grupo B). Entre ellos, 139 pacientes tenían cáncer de mama, 95 cáncer testicular, 30 cáncer de colon y 2 linfomas B de células grandes. Posteriormente, 30 pacientes se retiraron del Grupo A y 29 del Grupo B.

El cumplimiento de la intervención supervisada fue del 75% en el Grupo A y del 83.3% en el Grupo B. No se encontró diferencia significativa en la adherencia entre grupos (p = 0.11). De los 215 pacientes que completaron la intervención domiciliaria, 141 registraron su participación, con una adherencia del 82% en el Grupo A y del 83% en el Grupo B.

En relación a la capacidad cardiorrespiratoria (VO2máx), no se encontraron diferencias significativas en el VO2máx entre los dos grupos ni inmediatamente después de la intervención ni un año después. Sin embargo, tras la quimioterapia, el VO2máx disminuyó significativamente en ambos grupos: en el Grupo A, la disminución fue de -2.8 mL/kg/min (IC 95%: -3.5 a -2.0), mientras que en el Grupo B fue de -5.8 mL/kg/min (IC 95%: -6.6 a -5.1). La diferencia entre grupos fue de 3.1 mL/kg/min (IC 95%: 2.2 a 4.0, p < 0.001), favoreciendo al Grupo A.


Figura 1. Evolución del VO₂máx en los grupos que iniciaron ejercicio físico durante (Grupo A) y después (Grupo B) de la quimioterapia. Datos extraídos y adaptados del estudio de Van der Schoot et al. (2022), utilizados con fines de análisis crítico y comparativo en el contexto del presente trabajo.

Figura 1. Evolución del VO₂máx en los grupos que iniciaron ejercicio físico durante (Grupo A) y después (Grupo B) de la quimioterapia. Datos extraídos y adaptados del estudio de Van der Schoot et al. (2022), utilizados con fines de análisis crítico y comparativo en el contexto del presente trabajo.


En el análisis por tipo de cáncer, la disminución del VO2máx inmediatamente después de la quimioterapia fue menor en el Grupo A que en el Grupo B en todos los tipos de cáncer: en cáncer testicular, la diferencia entre grupos fue de 4.4 mL/kg/min (IC 95%: 2.7 a 6.1, p < 0.001); en cáncer de mama, 2.2 mL/kg/min (IC 95%: 1.1 a 3.3, p < 0.001); y en cáncer de colon, 3.5 mL/kg/min (IC 95%: 1.2 a 5.7, p = 0.004). A pesar de esta diferencia en la disminución inicial, ambos grupos recuperaron sus valores basales de la VO2máx tras la intervención y mantuvieron estos niveles al año.

Al finalizar la quimioterapia, la fuerza muscular disminuyó menos en el Grupo A en comparación con el Grupo B. La diferencia entre grupos fue de 17.9 N (IC 95%: 3.9 a 32.0, p = 0.012) en el cuádriceps, 11.0 N (IC 95%: 2.9 a 19.1, p = 0.008) en el bíceps y 6.3 N (IC 95%: 0.5 a 12.1, p = 0.033) en el tríceps. Un año después, ambos grupos recuperaron su fuerza muscular basal sin diferencias significativas entre ellos.

Inmediatamente después de la quimioterapia, la calidad de vida general y la función física disminuyeron menos en el Grupo A que en el Grupo B (diferencia de 6.1 puntos en HRQoL, IC 95%: 1.0 a 11.2, p = 0.027; y 5.5 puntos en función física, IC 95%: 0.6 a 10.4, p = 0.027). También se encontraron diferencias significativas en la disnea (-8.4 puntos, IC 95%: -16.0 a -0.7, p = 0.032) y la pérdida de apetito (-6.6 puntos, IC 95%: -12.7 a -0.6, p = 0.033), favoreciendo al Grupo A. Un año después, ambos grupos tenían valores similares de HRQoL.

Después de la quimioterapia, la fatiga general y la fatiga física fueron menores en el Grupo A que en el Grupo B (diferencias de -2.1 puntos, IC 95%: -3.3 a -0.8, p = 0.001; y -2.9 puntos, IC 95%: -4.3 a -1.5, p < 0.001, respectivamente). Además, el Grupo A tuvo un puntaje superior en la escala de actividad reducida en comparación con el Grupo B (diferencia de -1.5 puntos, IC 95%: -2.9 a -0.1, p = 0.030). Un año después, los niveles de fatiga eran similares entre ambos grupos.

El Grupo A mostró niveles más altos de actividad física inmediatamente después de la quimioterapia y postintervención. La puntuación en la escala de Actividad Física para Ancianos (PASE) fue significativamente mayor en el Grupo A en comparación con el Grupo B postquimioterapia (diferencia de 28.0 puntos, IC 95%: 11.2 a 44.8, p = 0.001) y postintervención (diferencia de 27.8 puntos, IC 95%: 7.1 a 48.4, p = 0.009). Sin embargo, un año después, los niveles de actividad física eran similares entre los grupos. La autoeficacia no mostró diferencias entre los grupos en ninguna fase del estudio.

En relación a la seguridad, se registraron 53 eventos adversos graves en 49 pacientes (27 en el Grupo A y 26 en el Grupo B). Un evento fue posiblemente relacionado con la intervención (síncope vasovagal en el Grupo A) y otro fue considerado relacionado (ruptura del tendón del bíceps en el Grupo B). No se encontraron diferencias significativas en la incidencia de eventos adversos entre los grupos, lo que sugiere que el ejercicio durante la quimioterapia es seguro.


Discusión

Los hallazgos muestran que ambos grupos lograron recuperar su VO2máx un año después del tratamiento, sin diferencias significativas entre aquellos que iniciaron ejercicio durante o después de la quimioterapia. Sin embargo, el grupo que inició ejercicio durante la quimioterapia tuvo menores descensos en la VO2máx, fuerza muscular y HRQoL al finalizar el tratamiento, sugiriendo que el ejercicio temprano reduce los efectos adversos de la quimioterapia.

Además, el estudio muestra que los niveles de fatiga fueron menores en el grupo que realizó ejercicio durante la quimioterapia en comparación con el grupo que lo realizó posteriormente. Esto sugiere que la actividad física podría desempeñar un papel protector contra el desgaste físico y mental que se asocia al tratamiento oncológico. Previamente, un metaanálisis que incluyó 113 estudios con más de 11,500 paciente(14) sobre intervenciones de ejercicio en pacientes con cáncer encontró que el ejercicio regular reduce significativamente la fatiga asociada al tratamiento oncológico y se reportó que la actividad física realizada durante el tratamiento tiene un efecto protector mayor en comparación con la realizada después, debido a su impacto en la preservación de la función muscular y el metabolismo energético. En el referido estudio de Courtneya et al.(12), en pacientes con cáncer de mama se demostró que aquellos que realizaron ejercicio durante la quimioterapia informaron niveles más bajos de fatiga y mayor bienestar general. Los investigadores atribuyen estos beneficios a la capacidad del ejercicio para mejorar la circulación sanguínea, reducir la inflamación y estabilizar los niveles hormonales durante el tratamiento.

Se ha planteado que, desde el punto de vista fisiológico, los mecanismos involucrados en estos efectos beneficiosos podrían estar relacionados con la mejora en la perfusión muscular que facilita el transporte de oxígeno y nutrientes a los tejidos y la regulación del metabolismo energético, al mejorar la sensibilidad a la insulina y el uso de sustratos energéticos, lo que contribuye a la preservación de la función muscular y metabólica(15). Además, el ejercicio reduce la inflamación sistémica inducida por el cáncer y sus tratamientos mediante la regulación de citocinas pro inflamatorias y el aumento del flujo sanguíneo y la vasodilatación inducidos por el ejercicio pueden mejorar la entrega de oxígeno a los tejidos, optimizando la recuperación y reduciendo efectos adversos del tratamiento(16). Estos hallazgos, indican nuevas líneas de investigación sobre el papel de la actividad física como un modulador biológico en los pacientes oncológicos.

Es importante en este estudio, la demostración de que el ejercicio no solo es seguro durante la quimioterapia, sino que también contribuye a una mejor recuperación funcional. La literatura previa ha señalado que la fatiga inducida por la quimioterapia es una de las principales barreras para la actividad física y limita la calidad de vida en pacientes con cáncer(17). También se ha identificado a la fatiga como una de las principales barreras para la adherencia a programas de ejercicio en pacientes con cáncer de mama en quimioterapia, a pesar, que el ejercicio puede ayudar a reducir la fatiga(18). En ese sentido, este estudio recalca la importancia de la implementación de programas de ejercicio supervisado que pueden contrarrestar estos efectos y mejorar la capacidad funcional.

El estudio revela que los pacientes que no pudieron realizar ejercicio durante la quimioterapia lograron recuperar niveles similares de VO2máx y función física después de completar el programa de ejercicio post-quimioterapia. Esto indica que, aunque la intervención temprana ayuda a atenuar la disminución de la capacidad cardiorrespiratoria y la pérdida de fuerza muscular, la actividad física posterior sigue siendo una estrategia válida para la recuperación funcional.

El presente estudio representa un avance importante en la comprensión del momento óptimo para implementar una intervención de ejercicio físico en pacientes con cáncer de mama. A diferencia de investigaciones previas que evaluaron el ejercicio durante el tratamiento oncológico, este ensayo clínico aleatorizado comparó directamente los efectos del entrenamiento físico durante y después de la quimioterapia. En contraste, estudios como los de Courneya et al.(12) y Mijwel et al.(13) se enfocaron únicamente en intervenciones durante la quimioterapia, demostrando que el ejercicio es seguro y efectivo para mantener la aptitud física, aunque con desafíos como mayor fatiga o menor adherencia. Por su parte, el metaanálisis de Scott et al.(11) concluyó que el ejercicio es beneficioso tanto durante como después del tratamiento, pero no comparó directamente ambos momentos. Los hallazgos de Van der Schoot et al. sugieren que el momento de la intervención puede influir significativamente en sus beneficios, lo cual abre nuevas líneas para la personalización del ejercicio en oncología.


Estudio
Diseño
Población
Momento
Tipo de ejercicio
Resultado (VO₂peak)
Van der Schoot et al., 2022 RCT multicéntrico 266 con cáncer de mama Durante vs. después quimioterapia Combinado (fuerza + cardio) Mejora en ambos grupos; mayor tras tratamiento
Scott et al., 2018 Revisión + metaanálisis >3,600 con distintos cánceres Durante y después del tratamiento Aeróbico, fuerza, combinado Mejora significativa vs. control
Courneya et al., 2007 RCT multicéntrico 242 con cáncer de mama Durante quimioterapia Aeróbico, fuerza, combinado Mejora VO₂max y fuerza
Mijwel et al., 2018 RCT 57 con cáncer de mama Durante quimioterapia HIIT + fuerza VO₂max mantenido

Tabla 1. Comparación de los principales estudios sobre ejercicio físico en pacientes oncológicos, con énfasis en el momento de intervención y su impacto en el VO₂max. Adaptación basada en el análisis crítico del artículo de Van der Schoot et al. (2022) y su contraste con investigaciones previas. Elaboración propia a partir de: Van der Schoot GGF et al., Scott JM et al(11)., Courneya KS et al.(12), Mijwel S et al (13).


Si bien iniciar el ejercicio durante el tratamiento parece ofrecer ventajas en la preservación del estado físico y la reducción de la fatiga, estos resultados muestran que nunca es demasiado tarde para obtener beneficios. La implementación de programas de ejercicio después de la quimioterapia puede permitir a los pacientes recuperar su funcionalidad, mejorar su calidad de vida y reducir el riesgo de complicaciones a largo plazo. Por lo tanto, el ejercicio debería ser promovido en todas las etapas del tratamiento oncológico, adaptándose a las capacidades individuales del paciente. Estos hallazgos son de implicancia clínica y podrían impactar la práctica habitual, fomentando la integración del ejercicio como un componente esencial del tratamiento oncológico.

Desde una perspectiva clínica, estos hallazgos podrían impulsar cambios significativos en las recomendaciones de actividad física para pacientes oncológicos. Tradicionalmente, la atención del cáncer se ha centrado en los tratamientos médicos, mientras que el ejercicio ha sido considerado una opción complementaria. Sin embargo, la creciente evidencia sugiere que la actividad física no solo es segura durante y después del tratamiento, sino que también puede desempeñar un papel importante en la reducción de los efectos secundarios de la quimioterapia, como la fatiga, la pérdida de masa muscular y la disminución de la capacidad cardiorrespiratoria, factores claves para la calidad de vida de los pacientes oncológicos(10). De tal manera, el ejercicio debería ser parte esencial de la atención oncológica para mejorar los resultados clínicos y promover la recuperación de los pacientes.

En este contexto, los oncólogos podrían integrar estrategias de rehabilitación física como parte estándar del tratamiento oncológico. Esto incluiría la derivación de pacientes a programas de ejercicio supervisado, la educación sobre actividad física segura y la colaboración con fisioterapeutas y especialistas en medicina del ejercicio. La implementación de estas estrategias podría optimizar la calidad de vida de los pacientes, reducir el riesgo de complicaciones cardiovasculares y mejorar la recuperación funcional tras el tratamiento(19).

Además, incorporar el ejercicio en las guías clínicas podría contribuir a un enfoque más integral del tratamiento del cáncer, promoviendo la actividad física como una intervención terapéutica basada en evidencia. Fomentar la actividad física en todas las etapas del tratamiento oncológico no sólo beneficiaría la salud física de los pacientes, sino que también podría mejorar su bienestar psicológico y social, facilitando su reintegración a la vida cotidiana.

Estos resultados en conjunto, podrían tener implicancia en la formulación de guías clínicas, sugiriendo que los programas de rehabilitación oncológica deberían incorporar protocolos de ejercicio desde las primeras fases del tratamiento. Esto requeriría una mayor colaboración entre oncólogos, fisioterapeutas y especialistas en medicina deportiva para diseñar planes de ejercicio personalizados.

Un aspecto a considerar es que los programas de ejercicio deben adaptarse a las necesidades individuales de los pacientes, considerando factores como la edad, el tipo de cáncer y el estado físico previo. La implementación de programas personalizados permitiría que cada paciente pueda beneficiarse del ejercicio, optimizando los beneficios, sin riesgos adicionales y con el añadido de mejorar la adherencia al programa(20).

Si bien el estudio es bastante sólido, futuras investigaciones podrían mejorar algunas de las limitaciones, como la necesidad de un grupo control sin intervención y el análisis más detallado de subgrupos según tipo de cáncer o características basales de los pacientes. Además, las estrategias para mejorar la adherencia podrían optimizar la implementación clínica de estos programas. El establecimiento de metas personalizadas, el apoyo social y la educación sobre los beneficios del ejercicio pueden mejorar la adherencia a los programas de actividad física(21). Incluso, la intensidad del ejercicio influye en la adherencia de los pacientes con cáncer a los programas de actividad física. Programas que combinan intensidad moderada con flexibilidad en la rutina y seguimiento cercano demostraron mayor adherencia en comparación con entrenamientos de alta intensidad(22).

Futuros estudios podrían incluir mediciones más objetivas de la actividad física, como el uso de acelerómetros, para mejorar la precisión de los datos sobre el impacto del ejercicio. Asimismo, podría explorarse el impacto de diferentes tipos de entrenamientos, como el ejercicio aeróbico de alta intensidad versus el entrenamiento de resistencia.

Otro aspecto a considerar es la evaluación del impacto del ejercicio en biomarcadores específicos de inflamación y estrés oxidativo. La quimioterapia genera un ambiente inflamatorio que contribuye a la fatiga y a la disminución de la capacidad funcional. El ejercicio puede regular biomarcadores inflamatorios y oxidativos en pacientes con cáncer induciendo una respuesta antiinflamatoria al aumentar la producción de interleucina-10 (IL-10) y reducir el TNF-α, lo que ayuda a controlar la fatiga y preservar la función muscular durante la quimioterapia(23). Estudios futuros podrían explorar en más detalle cómo el ejercicio modula estos procesos a nivel molecular.

Finalmente, es crucial desarrollar estrategias de implementación en entornos clínicos, considerando barreras como la fatiga extrema, el acceso a instalaciones de ejercicio y el apoyo profesional. Modelos de ejercicio domiciliario pueden mejorar la calidad de vida y funcionalidad(24), combinados con telemedicina y monitoreo remoto, o intervenciones digitales como aplicaciones o videollamadas con especialistas, podrían facilitar la adherencia y maximizar los beneficios para los pacientes(25).

El estudio reafirma que el ejercicio es una herramienta efectiva para contrarrestar los efectos adversos del tratamiento oncológico, pero la falta de un grupo de control sin ejercicio limita la interpretación de los resultados. Además, la heterogeneidad de los tipos de cáncer incluidos en el estudio podría afectar la generalización de los hallazgos. A pesar de lo anterior, este estudio proporciona evidencia valiosa sobre el impacto del ejercicio físico en pacientes con cáncer, y aporta información significativa sobre el momento más oportuno para su implementación. La comparación directa entre iniciar el ejercicio durante o después de la quimioterapia representa un aporte relevante para la toma de decisiones clínicas en rehabilitación oncológica.

A pesar de sus limitaciones, los hallazgos respaldan la inclusión del ejercicio como una estrategia terapéutica activa durante el tratamiento, lo cual podría cambiar el enfoque tradicional hacia una atención más integral y personalizada. Integrar programas de ejercicio desde fases tempranas del tratamiento no solo mejora parámetros fisiológicos, sino que puede favorecer una mejor adaptación emocional y funcional del paciente a lo largo del proceso oncológico. Este cambio de paradigma requiere un esfuerzo colaborativo entre oncólogos, cardiólogos, fisioterapeutas y especialistas en ejercicio clínico, orientado a transformar el ejercicio físico de un enfoque complementario a una intervención esencial en el cuidado del cáncer.


Conclusión

El ejercicio físico durante la quimioterapia ayuda a reducir la fatiga y mantiene la capacidad cardiorrespiratoria, en comparación con la realizada post tratamiento.


Abreviaturas

  • HRQoL: calidad de vida relacionada con la salud
  • VO2máx: Consumo máximo de oxígeno
  • PASE: Escala de actividad física para adultos mayores
  • SAE: Eventos adversos graves
  • ECV: Enfermedad cardiovascular


Bibliografía

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