El tratamiento con antraciclinas es una piedra angular en la terapia de muchos cánceres, pero su impacto en el sistema cardiovascular sigue siendo una preocupación latente. A medida que la supervivencia de los pacientes oncológicos mejora, también lo hace la necesidad de estrategias para prevenir el daño cardíaco asociado a estas terapias. Estudios en modelos murinos han demostrado reducir la fibrosis miocárdica inducida por antraciclinas, lo que sugiere que la atorvastatina, más allá de su papel en el metabolismo lipídico, podría tener efectos cardioprotectores. ¿Podría este fármaco ser una solución para mitigar el daño miocárdico subclínico inducido por las antraciclinas? Esta cuestión ha llevado a investigar si su uso podría reducir los cambios estructurales precoces en el miocardio, ofreciendo una nueva perspectiva en la cardio-oncología. En el estudio STOP-CA el grupo randomizados a atorvastatina presento menor cardiotoxicidad pero los mecanismos para este beneficios no estuvieron claros hasta que se realizó este análisis.
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Lo mejor de la literatura en Cardio-Onco-Hematología
Óscar Ortega Vargas
Distrito Nacional, República Dominicana.
Antecedentes
El tratamiento con antraciclinas es una estrategia terapéutica fundamental en múltiples neoplasias hematológicas y sólidos, especialmente en pacientes con linfoma, además de que también son usadas en leucemia, cáncer de mama, cáncer de ovario y sarcomas(1). Sin embargo, su uso se asocia con un riesgo significativo de toxicidad cardiovascular, que puede manifestarse en forma de disfunción miocárdica subclínica o insuficiencia cardíaca manifiesta(2). En este contexto, el daño cardíaco inducido por antraciclinas representa un reto clínico importante debido a la falta de estrategias completamente efectivas para prevenir su aparición y progresión.
La insuficiencia cardíaca sintomática ocurre en el 2% al 5% de los pacientes tratados con antraciclinas y puede ser mayor en pacientes mayores o pacientes con factores de riesgo cardiovascular(3). Un metaanálisis de 2013, que incluyó a 22,815 pacientes tratados con antraciclinas, evidenció que el 6% de los pacientes presentó una disminución significativa de la fracción de eyección del ventrículo izquierdo (FEVI), indicativa de cardiotoxicidad, tras un seguimiento mediano de nueve años. Además, se identificaron efectos subclínicos en el 18% de los pacientes, lo que sugiere que el daño miocárdico puede pasar desapercibido en sus etapas iniciales. En la misma línea, un reciente estudio retrospectivo basado en la población estableció una relación entre la exposición a antraciclinas y un mayor riesgo de insuficiencia cardíaca, con un inicio que puede ocurrir tan pronto como un año después del tratamiento y persistir hasta dos décadas. Estos hallazgos refuerzan la idea de que la cardiotoxicidad inducida por antraciclinas no es un evento aislado, sino un proceso fisiopatológico continuo que comienza con una lesión subclínica de los cardiomiocitos, progresa a una disminución asintomática de la FEVI y, si no se detecta ni se trata oportunamente, culmina en insuficiencia cardíaca manifiesta. Este daño miocárdico parece iniciarse de manera temprana durante el curso del tratamiento, como lo sugiere la elevación de biomarcadores de lesión miocárdica, como la troponina, inmediatamente después de la administración de antraciclinas. Las manifestaciones clínicas pueden aparecer en cualquier momento tras la finalización del tratamiento, dependiendo de la capacidad del corazón para compensar la agresión inicial. Este patrón de afectación sugiere que el monitoreo estrecho y la implementación de estrategias de prevención cardioprotectora podrían desempeñar un papel clave en la reducción de la morbilidad cardiovascular en los sobrevivientes de cáncer tratados con antraciclinas(4).
El daño a los miocitos inducido por antraciclinas se ha atribuido clásicamente al estrés oxidativo, mediado por la producción de especies reactivas de oxígeno (ROS) tóxicas, que conducen a la peroxidación lipídica de las membranas celulares, vacuolización y eventual sustitución de los cardiomiocitos por tejido fibroso. Sin embargo, la cardiotoxicidad de las antraciclinas parece ser un fenómeno más complejo, ya que la eliminación de ROS no previene de manera consistente el daño miocárdico asociado a la doxorrubicina. Además del estrés oxidativo, se ha identificado un mecanismo mediado por la topoisomerasa II (Top2). En células cancerosas, la doxorrubicina se une a la enzima Top2 y al ADN, formando un complejo ternario (Top2-doxorrubicina-ADN) que induce la muerte celular. En los cardiomiocitos de mamíferos adultos, la isoforma predominante es la Top2-beta, cuya deleción en modelos murinos ha demostrado proteger contra las roturas de doble cadena del ADN inducidas por la doxorrubicina, reducir los cambios en el transcriptoma asociados con el estrés oxidativo y prevenir el desarrollo de insuficiencia cardíaca inducida por antraciclinas(5).
Otra vía por la que las antraciclinas inducen la muerte celular de los cardiomiocitos es a través de vías intrínsecas y extrínsecas de apoptosis, pero también mediante mecanismos como la piroptosis y la ferroptosis(6). Estos procesos están asociados con la desregulación del hierro y la peroxidación lipídica, lo que agrava el daño miocárdico. Además, las antraciclinas afectan la autofagia, provocando una acumulación anómala de autofagosomas y autolisosomas que, en lugar de favorecer la degradación celular, contribuyen a la muerte celular. En el ámbito epigenético, estos fármacos pueden alterar la metilación del ADN y la desacetilación de histonas, afectando la expresión génica mitocondrial y la función de proteínas clave. Asimismo, modulan la expresión de múltiples microARN, aunque el impacto completo de estos cambios aún no se comprende por completo(4).
Uno de los mecanismos fisiopatológicos clave del DCIA es el incremento del volumen extracelular miocárdico (VEC), el cual refleja fibrosis intersticial y edema miocárdico. Esta alteración estructural precede a la disfunción contráctil, por lo que su detección temprana podría permitir intervenciones oportunas para mitigar el daño cardíaco(7).
En la búsqueda de estrategias cardioprotectoras, la atorvastatina ha emergido como una opción terapéutica prometedora debido a sus efectos pleiotrópicos más allá de la reducción del colesterol. Estudios previos han sugerido que las estatinas pueden modular el estrés oxidativo, la inflamación y la apoptosis celular, procesos fundamentales en la cardiotoxicidad por antraciclinas(15). Sin embargo, la evidencia sobre su impacto en la expansión del VEC miocárdico es limitada y requiere mayor investigación(17).
El estudio de referencia, publicado en JACC: CardioOncology, investiga el efecto de la atorvastatina en la expansión del VEC en pacientes con linfoma tratados con quimioterapia basada en antraciclinas. Sus hallazgos sugieren que la administración de atorvastatina puede atenuar este proceso, lo que refuerza su potencial uso como estrategia de cardioprotección en este grupo de pacientes(19).
Dado el impacto clínico de la cardiotoxicidad inducida por antraciclinas y la necesidad de estrategias preventivas efectivas, este trabajo de fin de máster tiene como objetivo analizar en profundidad el papel de la atorvastatina en la reducción del VEC y su potencial en la prevención del DCIA en pacientes oncológicos.
Desde hacen varios años se ha observado un efecto “protector” de la atorvastatina en pacientes expuestos a antraciclinas, Acar. Z, et en el 2011(8), demostró que el uso de atorvastatina durante la quimioterapia con agentes antraciclínicos puede proteger eficazmente la función cardíaca. En sus estudio de 40 pacientes observo que en comparación con el grupo de control, el grupo tratado con atorvastatina mostró una menor disminución en la fracción de eyección del ventrículo izquierdo (FEVI) y en los diámetros diastólicos y sistólicos, sugiriendo que la atorvastatina puede reducir el riesgo de cardiomiopatía inducida por antraciclinas. Además, se observó que la atorvastatina ayudó a mantener niveles más bajos de proteína C reactiva de alta sensibilidad, lo que sugiere una acción antiinflamatoria beneficiosa.
El estudio STOP-CA aborda la prevención de la disfunción cardíaca en pacientes con cáncer tratados con antraciclinas, un tipo de quimioterapia que puede inducir daño al corazón. El estudio evaluó si el uso de atorvastatina, un medicamento comúnmente utilizado para reducir el colesterol podría mitigar este efecto adverso.
Este ensayo clínico aleatorizado incluyó a pacientes con cáncer que recibieron tratamiento con antraciclinas y los asignó aleatoriamente para recibir atorvastatina o un placebo. El objetivo principal fue evaluar la función cardíaca mediante la fracción de eyección del ventrículo izquierdo (FEVI) a los 12 meses de tratamiento. Los resultados mostraron que la atorvastatina no tuvo un efecto significativo en la prevención de la disfunción cardíaca inducida por antraciclinas en comparación con el placebo(14).
Este hallazgo es relevante para la práctica clínica, ya que sugiere que la atorvastatina, a pesar de sus propiedades antiinflamatorias y antioxidantes, no previene eficazmente la disfunción cardíaca en pacientes tratados con antraciclinas. Por lo tanto, los profesionales de la salud deben considerar otras estrategias para proteger la función cardíaca en estos pacientes(15).
En un estudio previo, Qadir, A. et al (2021)(9) realizaron un estudio con 666 pacientes con cáncer de mama en la que encontraron que las mujeres mayores de 66 años que recibieron antraciclinas para el tratamiento de cáncer de mama temprano y que estaban expuestas a estatinas mostraron una menor incidencia de insuficiencia cardíaca en comparación con las que no recibieron estatinas. La incidencia acumulada de presentaciones hospitalarias por IC fue significativamente más baja en el grupo expuesto a estatinas (1,2% frente a 2,9%, valor p = 0,01), lo que sugiere que las estatinas podrían tener un efecto protector contra la IC en este contexto. No se observo el mismo efecto cuando fueron expuestas a tratuzumab(18).
De manera similar, Ramanjaneyulu T. et al (2013)(11), había observado que atorvastatina ofrece una protección significativa contra el estrés oxidativo y el daño en el ADN inducidos por la doxorrubicina en el corazón y los testículos de ratones. entra antraciclina, es bien conocida por sus efectos adversos dependientes de la dosis, especialmente en el corazón y los testículos, debido principalmente al estrés oxidativo que genera. En este estudio, la atorvastatina mostró efectos pleiotrópicos independientes de su capacidad para reducir los lípidos, como actividades antioxidantes y antiinflamatorias a dosis bajas. Estos efectos se manifestaron en la reducción del estrés oxidativo, así como en la mejora del daño celular y en el ADN en los órganos mencionados(20).
Resumen del trabajo elegido
La cardiotoxicidad por antraciclinas es un efecto adverso bien reconocido de la quimioterapia, especialmente relevante en pacientes con ciertos tumores hematológicos y sólidos. Las antraciclinas, como la doxorubicina, forman parte fundamental de esquemas quimioterapéuticos curativos en leucemias y linfomas, entre otros cánceres, pero su uso puede conducir a lesión miocárdica progresiva. Como consecuencia, algunos pacientes desarrollan reducciones significativas de la fracción de eyección del ventrículo izquierdo (FEVI) e insuficiencia cardiaca clínica tras la exposición a estas drogas. Dada la mayor supervivencia de los pacientes oncológicos, la cardiotoxicidad asociada al tratamiento se ha vuelto un problema de gran importancia en cardio-oncología, pues la disfunción cardiaca limita los beneficios de la terapia antitumoral e impacta la calidad de vida y la morbimortalidad de los sobrevivientes.
En años recientes se ha investigado la posibilidad de prevenir el daño miocárdico por antraciclinas utilizando fármacos cardioprotectores concomitantes. Las estatinas han emergido como candidatas prometedoras debido a sus propiedades pleiotrópicas que podrían contrarrestar mecanismos de lesión cardiaca, como el estrés oxidativo y la inflamación, sin interferir con la eficacia oncológica. Estudios observacionales habían sugerido un menor riesgo de insuficiencia cardiaca en pacientes tratados con antraciclinas que tomaban estatinas. Más recientemente, el ensayo clínico aleatorizado STOP-CA (“Statins to Prevent the Cardiotoxicity from Anthracyclines”) demostró que la administración de atorvastatina durante la quimioterapia se asociaba con una menor proporción de pacientes con linfoma que experimentaban reducciones significativas en la FEVI en comparación con placebo (ilustración central). Sin embargo, antes del presente estudio no se conocían con claridad los mecanismos fisiopatológicos por los cuales la atorvastatina podría ejercer esta protección en el contexto de la cardiotoxicidad por antraciclinas (ilustración central).

Ilustración Central. Atorvastatina limita el aumento del volumen extracelular cardíaco inducido por quimioterapia con antraciclinas. En un estudio clínico multicéntrico aleatorizado y controlado con placebo, el tratamiento con atorvastatina logró reducir significativamente el riesgo de desarrollar un aumento clínicamente relevante (≥3%) del volumen extracelular cardíaco (VEC), indicador de fibrosis miocárdica difusa, en pacientes con linfoma sometidos a quimioterapia con antraciclina.
Una hipótesis clave es que la estatina pudiera atenuar el desarrollo de fibrosis miocárdica inducida por la quimioterapia. La fibrosis intersticial del miocardio es un proceso de remodelado adverso que aparece como respuesta a la lesión celular y que a la larga contribuye a la disfunción sistólica y la insuficiencia cardiaca. Diversos modelos animales han mostrado que las antraciclinas producen aumento de fibrosis miocárdica difusa, y estudios clínicos de imágenes han detectado incrementos en marcadores de fibrosis en supervivientes de cáncer tratados con antraciclinas. En particular, la técnica de resonancia magnética cardiaca (RMC) con mapeo paramétrico permite cuantificar de forma no invasiva la fracción de volumen extracelular (ECV) del miocardio, un parámetro directamente relacionado con la cantidad de matriz extracelular y, por tanto, con el grado de fibrosis difusa. Valores elevados de ECV se han asociado con peor pronóstico y con disfunción cardiaca en múltiples cardiopatías. Sobre la base de esta información, los autores del presente trabajo plantearon que si la atorvastatina realmente confiere protección cardiaca en pacientes tratados con antraciclinas, ello podría manifestarse en una menor expansión del ECV miocárdico a lo largo del tratamiento, en comparación con pacientes no tratados con estatina.
El objetivo principal del estudio fue determinar si la administración de atorvastatina durante la quimioterapia con antraciclinas reduce la probabilidad de un incremento significativo en el ECV miocárdico en pacientes con linfoma. Adicionalmente, se buscó evaluar el efecto de la estatina sobre otros marcadores tisulares por RMC (tiempos de relajación T1 y T2) y explorar la relación entre los hallazgos de imagen y la evolución funcional y clínica (cambios en la FEVI y eventos de insuficiencia cardiaca). Para ello se llevó a cabo un análisis preespecificado dentro del ensayo STOP-CA, un estudio multicéntrico, aleatorizado, doble ciego y controlado con placebo.
En el ensayo STOP-CA original participaron 300 pacientes adultos con diagnóstico reciente de linfoma (tanto Hodgkin como no Hodgkin) que iban a iniciar esquemas de quimioterapia con antraciclinas. Ninguno de los pacientes tenía indicación basal para uso de estatinas (por ejemplo, hipercolesterolemia significativa o enfermedad cardiovascular aterosclerótica activa), de modo que se pudiese evaluar la estatina únicamente con fines cardioprotectores. Los participantes fueron asignados aleatoriamente en proporción 1:1 a recibir atorvastatina 40 mg diarios o placebo, iniciando coincidentemente con el tratamiento quimioterapéutico y continuando durante 12 meses. Todos otorgaron consentimiento informado, y el protocolo fue aprobado por los comités de ética institucionales correspondientes, cumpliendo con la Declaración de Helsinki.
Dentro de este ensayo, un subgrupo de pacientes accedió a someterse a evaluaciones seriadas con RMC para caracterización tisular cardiaca. Se realizaron estudios de RMC con mapeo T1 y T2 al inicio (antes de comenzar la quimioterapia) y se repitieron 12 meses después del inicio del tratamiento oncológico. Para la medición del ECV se requirió la administración de contraste paramagnético (gadolinio) y la adquisición de mapas T1 posteriores al contraste, además de la determinación del hematocrito del paciente para el cálculo de la fracción de volumen extracelular. Aquellos pacientes que no podían recibir gadolinio (por ejemplo, por disfunción renal) o cuyas imágenes resultaron de calidad no óptima para cuantificación fueron excluidos del análisis principal de ECV. Cabe destacar que, aunque el estudio fue realizado en múltiples centros, los datos paramétricos de RMC (T1, T2 y ECV) analizados provienen de un único escáner de 3 Tesla en uno de los centros, con el fin de mantener la coherencia técnica en las mediciones de mapeo entre el inicio y el seguimiento.
La variable principal de resultado (criterio primario de valoración) definida en este subestudio fue la ocurrencia de una “expansión” significativa del volumen extracelular miocárdico, operacionalizada como un aumento de ≥3 puntos porcentuales en el ECV a los 12 meses respecto al valor basal de cada paciente. Este umbral (≥3%) se eligió por considerarse un incremento de relevancia clínica en la fibrosis difusa, excediendo la variabilidad esperada de la técnica. Como objetivos secundarios se incluyeron los cambios en otros parámetros de RMC: específicamente, la presencia de incrementos de al menos 1 desviación estándar (1DE) en los tiempos de relajación T1 nativo, T2, y también en el propio ECV. En el contexto del estudio, 1DE correspondía aproximadamente a un aumento de ≥2,3 puntos porcentuales en ECV, ≥59 milisegundos en T1 nativo, y ≥3,0 milisegundos en T2, entre el inicio y los 12 meses. Adicionalmente, se analizaron las variaciones continuas promedio de estos parámetros entre ambos grupos de tratamiento, así como los cambios en la FEVI medida por RMC. Aunque el ensayo STOP-CA no fue diseñado con poder estadístico para detectar diferencias en eventos clínicos a corto plazo, se registró el desarrollo de insuficiencia cardiaca clínicamente manifiesta durante un seguimiento extendido hasta 24 meses, con el propósito de explorar asociaciones entre los hallazgos de imagen y la aparición de eventos cardiacos tardíos.
En total, 171 pacientes del ensayo STOP-CA se sometieron a RMC tanto al inicio como al año de seguimiento, de los cuales 127 contaban con estudios con contraste de calidad adecuada para análisis cuantitativo de ECV. Las características basales de este subgrupo con RMC fueron similares a las de la cohorte total del ensayo. La mediana de edad fue de 52 años (rango intercuartílico no reportado) y aproximadamente 47% eran mujeres, distribuidos de forma equilibrada entre el grupo de atorvastatina y el de placebo. No hubo diferencias significativas entre ambos grupos en las variables basales: los valores iniciales de FEVI y de los parámetros de RMC (ECV, T1 y T2) fueron equivalentes. Por ejemplo, el ECV miocárdico basal promedio rondaba el 25% en ambos grupos, reflejando la fracción normal de volumen intersticial en individuos sin cardiopatía manifiesta, y los tiempos T1 y T2 nativos basales también se encontraban dentro de rangos normales esperados para un corazón sano. Asimismo, la dosis acumulada de antraciclina administrada y la prevalencia de factores de riesgo cardiovascular tradicionales (hipertensión, diabetes, etc.) fueron comparables entre los dos brazos del estudio, lo cual sugiere que la aleatorización fue adecuada y las poblaciones iniciales eran homogéneas.
Medida de resultado (12 meses) |
Atorvastatina (n=65) |
Placebo (n=62) |
Valor de p |
| Pacientes con aumento de ECV ≥3% (criterio primario) | 8% | 29% | p = 0,002 |
| Odds ratio para ECV ≥3% (atorvastatina vs placebo) | 0,20 (IC 95%: 0,06–0,59) | — | p = 0,002 |
| Pacientes con aumento de ECV ≥1DE (~2,3 puntos) | 8% | 34% | p < 0,001 |
| Pacientes con aumento de T1 nativo ≥1DE (~59 ms) | 15% | 27% | p = 0,057 |
| Pacientes con aumento de T2 ≥1DE (~3,0 ms) | 12% | 12% | p = 0,99 |
| Cambio medio absoluto de ECV (seguimiento - basal) | +0,4 ± 2,0% | +1,2 ± 2,4% | p = 0,059 |
Tabla 1. Resultados principales del subestudio RMC (12 meses).
Los resultados obtenidos confirmaron la hipótesis de los investigadores: la atorvastatina redujo de forma significativa la incidencia de expansión difusa del volumen extracelular miocárdico asociada a la quimioterapia con antraciclinas. Al cabo de 12 meses de seguimiento, solo el 8% de los pacientes asignados a atorvastatina presentaron un aumento del ECV ≥3 puntos porcentuales con respecto al basal, en contraste con el 29% de los pacientes que recibieron placebo (Figura 1). Esta diferencia fue estadísticamente significativa (p = 0,002) y se traduce en un odds ratio de aproximadamente 0,20 (IC 95%: 0,06–0,59) a favor de la atorvastatina. En otras palabras, el tratamiento con estatina se asoció con ~80% menor riesgo (odds) de desarrollar una expansión importante del ECV miocárdico durante el primer año de terapia con antraciclinas. Consistentemente, el incremento promedio del ECV fue numéricamente menor en el grupo tratado con atorvastatina que en el de placebo (+0,4% vs +1,2% en términos absolutos), aunque la comparación de los cambios medios no alcanzó significación estadística estricta (p = 0,059, es decir, una tendencia no significativa). Este hallazgo sugiere que, si bien ambos grupos presentaron un ligero aumento medio en la fracción de volumen extracelular tras la quimioterapia, dicho aumento fue mucho más pronunciado en algunos individuos del grupo placebo (reflejado en la mayor proporción que superó el umbral de +3%), mientras que la mayoría de los pacientes bajo estatina no mostraron cambios relevantes o permanecieron dentro de la variabilidad normal esperada.

Figura 1. Comparación del porcentaje de pacientes con expansión significativa del volumen extracelular miocárdico (≥3%) entre los grupos placebo y atorvastatina. El grupo tratado con atorvastatina (verde) presentó una reducción marcada de este marcador de fibrosis subclínica, sugiriendo un efecto cardioprotector frente al daño inducido por antraciclinas en pacientes con linfoma.
Los análisis también exploraron la asociación entre la expansión del ECV y la función cardiaca medida por la FEVI. Se observó que aquellos pacientes que sufrieron un aumento de ECV ≥3% tendieron a evolucionar peor en términos de función sistólica ventricular. Específicamente, el subgrupo de pacientes con expansión significativa de ECV mostró, en promedio, una disminución de la FEVI del orden del 8,4% al año, comparado con prácticamente ninguna reducción (o incluso una conservación de la FEVI) en quienes no tuvieron tal incremento de fibrosis. De hecho, la caída media de la FEVI en los pacientes que cumplieron el criterio primario (ECV ≥3%) fue de aproximadamente –8% (–7,97 ± 5,34 puntos porcentuales), frente a apenas –1,3% (–1,33 ± 4,73 puntos) en los demás pacientes sin expansión de ECV (diferencia estadísticamente significativa con p = 0,047). Esto indica que la presencia de fibrosis miocárdica difusa nueva se correlacionó con un deterioro medible de la función sistólica. Coherentemente, los autores reportan que 73% de los pacientes que experimentaron la caída importante de FEVI definida como criterio principal en el ensayo STOP-CA original (disminución ≥10% con FEVI final <55%) presentaron también un aumento de ECV ≥3%. En sentido inverso, casi la mitad (48%) de quienes presentaron expansión de ECV acabaron desarrollando disfunción ventricular significativa en ese periodo, comparado con solo un 4% de los pacientes que no tuvieron aumento de ECV. En conjunto, estos datos refuerzan que la expansión difusa del volumen extracelular miocárdico es un marcador precoz de cardiotoxicidad subyacente, anticipando el posterior deterioro de la contractilidad ventricular.
En cuanto a los otros parámetros de imagen por RMC, no se hallaron diferencias notables entre atorvastatina y placebo en la evolución de los tiempos T1 y T2, aunque sí se obtuvieron hallazgos interesantes al respecto. El tiempo de relajación T1 nativo del miocardio –que refleja cambios tisulares como fibrosis difusa y contenido de agua– aumentó ligeramente a los 12 meses en ambos grupos, pero la magnitud del cambio no difirió significativamente con la intervención (incremento medio +3 ± 56 ms con atorvastatina vs +19 ± 62 ms con placebo; p = 0,12). De manera concordante, la proporción de pacientes que exhibieron un aumento sustancial de T1 (definido como ≥59 ms, equivalente a 1DE) fue menor en el grupo tratado con estatina (15% vs 27% en placebo), aunque esta diferencia no alcanzó significación estadística (p = 0,057, valor limítrofe). Por su parte, el tiempo T2 miocárdico –indicador de edema o inflamación miocárdica aguda– se mantuvo prácticamente sin cambios a lo largo del estudio y no mostró diferencias entre los grupos. En promedio, el T2 permaneció estable (cambios medios de +0,4 ms con atorvastatina y +0,3 ms con placebo; p = 0,99), y únicamente un 12% de los pacientes de cada grupo cumplió el criterio de aumento de T2 ≥3 ms a 12 meses (sin diferencia entre grupos, p = 0,99). Estos datos sugieren que, con la dosis de antraciclina utilizada y evaluando a un año de completada la quimioterapia, no se evidenció un edema miocárdico residual medible; es probable que cualquier inflamación aguda ocurrida por la quimioterapia se haya resuelto antes del momento del seguimiento, o bien que la técnica de mapeo T2 no detecte cambios subclínicos tan tardíos. En suma, la principal diferencia observada con la terapia con atorvastatina fue la atenuación en la progresión de la fibrosis intersticial (reflejada por ECV y en menor medida por T1), mientras que no hubo un efecto aparente en los indicadores de edema miocárdico agudo.
Aunque el estudio no fue dimensionado para evaluar formalmente desenlaces clínicos, los investigadores examinaron la aparición de insuficiencia cardiaca (IC) en los pacientes durante 24 meses de seguimiento. En la cohorte general, la incidencia de IC fue relativamente baja en este periodo y no difirió de forma significativa entre los grupos de tratamiento. Sin embargo, al analizar según la presencia o ausencia de expansión del ECV, emergió una tendencia sugestiva: aquellos pacientes que no presentaron un aumento ≥3% en ECV tuvieron menos eventos de insuficiencia cardiaca a 2 años que quienes sí manifestaron dicha expansión de fibrosis (8% vs 24% de incidencia de IC, respectivamente). Esta diferencia no alcanzó significación estadística (p = 0,054), probablemente debido al número limitado de eventos, pero apunta hacia una asociación clínica relevante que merece investigarse más a fondo. En otras palabras, evitar la fibrosis miocárdica difusa durante la quimioterapia podría estar relacionado con un menor riesgo subsiguiente de desarrollar insuficiencia cardiaca, aunque esta hipótesis requiere confirmación en estudios con mayor poder.
Durante el análisis se exploraron también posibles factores modificadores o correlacionados con la ocurrencia de fibrosis miocárdica. Entre las características basales, la única que mostró asociación significativa con un mayor aumento de ECV fue la presencia de hipertensión arterial previa al tratamiento oncológico. Los pacientes hipertensos tuvieron una mayor propensión a la expansión del volumen extracelular: en promedio, la hipertensión se vinculó con un incremento adicional de ~1,6 puntos porcentuales en el ECV a los 12 meses (IC 95%: 0,03–3,08; p = 0,046). Por el contrario, variables como la edad >50 años, el sexo, el índice de masa corporal o la dosis total de antraciclina recibida no se relacionaron de forma significativa con la fibrosis medida por ECV en este estudio. Estos hallazgos, aunque provenientes de un análisis univariable, sugieren que algunos factores de riesgo cardiovascular clásicos podrían exacerbar la vulnerabilidad del miocardio a la toxicidad por antraciclinas, destacando la importancia de la prevención en subpoblaciones de mayor riesgo.
Este estudio innovador presenta fortalezas importantes, pero también ciertas limitaciones que deben reconocerse al interpretar sus resultados. En primer lugar, el uso del ECV por RMC como marcador indirecto de fibrosis, si bien está validado y correlacionado con hallazgos histológicos en diversas cardiopatías, implica asumir que los cambios observados equivalen efectivamente a cambios fibróticos en el tejido. No se realizaron biopsias miocárdicas en estos pacientes para confirmar de manera directa que el aumento de ECV correspondía a depósito de colágeno (fibrosis) en el miocardio tras la quimioterapia, aunque la literatura previa respalda fuertemente esta inferencia y el hecho de que la masa muscular cardiaca no se incrementó sugiere que la expansión intersticial es la fuente del cambio observado. En segundo lugar, el ensayo no tuvo poder estadístico suficiente para evaluar diferencias en eventos clínicos duros como la insuficiencia cardiaca o la mortalidad. De hecho, no se observó reducción significativa de eventos de IC con la atorvastatina en este seguimiento, de modo que los beneficios demostrados se limitan por ahora a parámetros subclínicos de función y estructura cardiaca. En tercer lugar, este subanálisis preespecificado incluyó a menos de la mitad de la población total del ensayo STOP-CA (127 de 300 pacientes) debido a la disponibilidad de RMC con contraste. Si bien los grupos mantuvieron características iniciales similares gracias a la aleatorización, una muestra reducida siempre conlleva mayor incertidumbre y potencial para sesgos, por lo que los resultados deben confirmarse idealmente en una población más amplia. En cuarto lugar, la población estudiada no fue muy diversa en términos étnicos/raciales, lo cual es relevante porque algunos estudios sugieren que la susceptibilidad a la cardiotoxicidad por antraciclinas puede variar con la raza o etnia. La mayoría de los participantes provenían de los centros incluidos en EE.UU. y Canadá y, aunque cerca del 50% eran mujeres, no se detallan otras distribuciones demográficas; por tanto, hace falta cautela para extrapolar los hallazgos a poblaciones distintas, en particular a pacientes de origen afroamericano o hispano, que estuvieron subrepresentados en este ensayo. Finalmente, el protocolo no estaba diseñado para investigar diferentes dosis o duraciones de la terapia con estatinas más allá de los 12 meses iniciales. Queda por dilucidar si prolongar el uso de estatinas más allá de un año, o iniciarlas con distinta antelación, podría conferir beneficios adicionales, así como determinar si hay un efecto de clase extensible a otras estatinas o cardioprotectores en este contexto.
En conclusión, este trabajo proporciona evidencia clínica de que la atorvastatina tiene un efecto protector a nivel miocárdico en pacientes con linfoma sometidos a quimioterapia con antraciclinas, manifestado por una menor progresión de la fibrosis difusa medida por RMC. En comparación con placebo, el tratamiento con atorvastatina logró limitar la expansión del volumen extracelular del miocardio durante el primer año de terapia oncológica, lo cual representa el primer indicio en humanos sobre el mecanismo cardioprotector de las estatinas en este contexto. Dicho mecanismo –la prevención del desarrollo de fibrosis miocárdica– coincide con hallazgos preclínicos previos y aporta una base fisiopatológica para entender cómo las estatinas preservan la función cardiaca con antraciclinas. Los resultados apoyan la potencial utilidad de iniciar estatinas de forma preventiva en pacientes oncológicos de alto riesgo cardiovascular que van a recibir antraciclinas, con el objetivo de mitigar el daño estructural difuso que conduce a disfunción cardiaca. No obstante, para adoptar esta estrategia en la práctica clínica rutinaria será necesario confirmar sus beneficios en poblaciones más amplias y diversas, así como demostrar un impacto positivo en desenlaces clínicos a largo plazo, particularmente la reducción de la incidencia de insuficiencia cardiaca y otros eventos asociados a la cardiotoxicidad.
Discusión
El presente estudio proporciona evidencia sólida acerca de los beneficios cardioprotectores de la atorvastatina en pacientes con linfoma sometidos a quimioterapia con antraciclinas. La reducción en la expansión del volumen extracelular miocárdico (ECV), medida por resonancia magnética cardíaca (RMC), representa un hallazgo clínicamente relevante que sugiere una menor progresión de fibrosis miocárdica difusa, un fenómeno bien documentado como mecanismo central de la cardiotoxicidad por antraciclinas.
Los resultados indican que solo el 8% de los pacientes tratados con atorvastatina presentaron una expansión significativa del ECV (≥3%) comparado con un 29% en el grupo placebo. Este hallazgo se traduce en una odds ratio de 0.20, lo que representa una reducción del 80% en el riesgo de expansión significativa de fibrosis con el uso de la estatina. Este resultado tiene implicaciones clínicas considerables, ya que la fibrosis miocárdica ha sido consistentemente asociada con el deterioro de la fracción de eyección del ventrículo izquierdo (FEVI), un predictor robusto de insuficiencia cardíaca y mortalidad cardiovascular.
Una de las fortalezas metodológicas del estudio es el diseño aleatorizado, doble ciego y controlado con placebo, que minimiza sesgos de selección y de medición. Además, la utilización de una técnica de imagen avanzada y reproducible como la RMC, particularmente con mapeo paramétrico y cálculo de ECV, aporta un nivel de precisión y sensibilidad elevado para la detección de cambios estructurales subclínicos. La homogeneidad de las características basales entre grupos, el uso de un único escáner para obtener las imágenes, y la definición preespecificada de los puntos de corte para los parámetros analizados fortalecen la validez interna de los resultados.
Sin embargo, el estudio presenta ciertas limitaciones que deben ser consideradas. La más importante es la ausencia de correlación histológica directa del aumento de ECV con fibrosis, aunque múltiples estudios previos han validado este parámetro como un sustituto fiable de fibrosis difusa. Asimismo, la muestra analizada representa menos del 50% de la cohorte original del ensayo STOP-CA, lo cual podría introducir un sesgo de selección si los pacientes que completaron las imágenes fueran sistemáticamente diferentes a aquellos que no lo hicieron. La falta de diversidad étnica y la exclusión de pacientes con comorbilidades más severas también limitan la generalización de los resultados. Por último, la duración del seguimiento clínico fue de solo 24 meses, lo cual puede ser insuficiente para capturar la totalidad del impacto clínico de la fibrosis miocárdica subclínica.
Comparando con estudios previos, el presente trabajo es pionero en demostrar una relación directa entre el uso de estatinas y la prevención de fibrosis miocárdica inducida por antraciclinas mediante evaluación imagenológica. Estudios preclínicos habían sugerido este efecto, y trabajos como los de Neilan et al. y Acar et al. mostraron beneficios funcionales en la fracción de eyección, pero sin demostrar mecanismos subyacentes mediante biomarcadores estructurales. En este sentido, el estudio STOP-CA complementa y fortalece la literatura existente, al aportar datos mecanísticos que justifican la cardioprotección observada con atorvastatina.
Desde el punto de vista clínico, los hallazgos son de gran relevancia. La fibrosis miocárdica difusa es una etapa precoz pero irreversible en el continuum fisiopatológico de la insuficiencia cardíaca. Prevenir su desarrollo podría modificar el curso de la cardiopatía inducida por antraciclinas, especialmente en pacientes con factores de riesgo cardiovascular preexistentes como hipertensión. En este subgrupo, el riesgo de expansión del ECV fue significativamente mayor, lo que sugiere que la atorvastatina podría ofrecer un mayor beneficio clínico precisamente en aquellos pacientes más vulnerables.
Además, el hecho de que se haya encontrado una correlación entre la expansión del ECV y la disminución de la FEVI aporta valor predictivo a la imagen por RMC como herramienta no invasiva para monitorear y estratificar el riesgo de cardiotoxicidad. Si bien la FEVI continúa siendo la medida más utilizada en la práctica clínica, su descenso suele ocurrir en etapas avanzadas de daño miocárdico. La cuantificación del ECV, en cambio, permite identificar cambios estructurales mucho antes de que se manifiesten alteraciones funcionales, lo que brinda una ventana terapéutica valiosa para implementar estrategias cardioprotectoras.
En cuanto a los otros parámetros analizados, los tiempos T1 y T2 nativos no mostraron diferencias estadísticamente significativas entre grupos. No obstante, se observó una tendencia favorable en el T1 en el grupo tratado con atorvastatina. La estabilidad del T2 sugiere que no hubo inflamación miocárdica residual al año de seguimiento, lo que concuerda con la resolución esperada del edema agudo postquimioterapia. Estos hallazgos apoyan la hipótesis de que el mecanismo protector de la estatina se asocia más con la modulación de la fibrosis que con la prevención del edema.
Adicionalmente, mecanismos celulares como la inhibición de la ferroptosis y la regulación de la autofagia están ganando protagonismo en la comprensión de la cardiotoxicidad inducida por antraciclinas. La atorvastatina podría tener un rol indirecto en la modulación de estos procesos, como se ha observado en estudios recientes que asocian el control del metabolismo del hierro y la peroxidación lipídica con una menor progresión del daño miocárdico. Además, estudios preclínicos han sugerido que las estatinas podrían modular la actividad de la topoisomerasa II-beta, una enzima clave en la mediación del daño al ADN inducido por doxorrubicina.
Por otro lado, la epigenética emerge como una línea de investigación innovadora. Se ha documentado que las antraciclinas alteran la metilación del ADN y la expresión de microARNs, afectando el transcriptoma cardiaco. Aunque el papel de las estatinas sobre estos mecanismos epigenéticos no está completamente dilucidado, existe evidencia preliminar que sugiere un posible efecto regulador que podría contribuir a sus propiedades cardioprotectoras.
Finalmente, este estudio abre importantes interrogantes para la investigación futura. Será esencial validar estos hallazgos en cohortes más grandes, más diversas y con seguimiento clínico más prolongado. También deberá evaluarse si otros miembros de la familia de estatinas reproducen estos efectos y si combinaciones con otros agentes cardioprotectores como betabloqueantes o inhibidores del sistema renina-angiotensina pueden tener un efecto sinérgico. Además, la identificación de pacientes con mayor susceptibilidad a la fibrosis inducida por antraciclinas —mediante biomarcadores, historia clínica o genética— podría permitir una medicina personalizada más eficaz.
En conclusión, el subestudio de STOP-CA aporta evidencia novedosa y clínicamente relevante acerca del efecto protector de la atorvastatina sobre la expansión del volumen extracelular miocárdico inducido por antraciclinas, estableciendo una base sólida para considerar el uso profiláctico de estatinas como parte del manejo estándar en cardio-oncología.
Conclusión
La atorvastatina reduce la expansión del volumen extracelular miocárdico inducida por antraciclinas, lo que sugiere un efecto cardioprotector temprano. Este hallazgo apoya su potencial como estrategia preventiva frente a la disfunción ventricular en pacientes con linfoma.
Abreviaturas
- FEVI: Fracción de Eyección del Ventrículo Izquierdo
- DCIA: Daño Cardíaco Inducido por Antraciclinas
- VEC: Volumen Extracelular Miocárdico
- RMC: Resonancia Magnética Cardíaca
- ECV: Fracción de Volumen Extracelular
- IC: Insuficiencia Cardíaca
- ROS: Especies Reactivas de Oxígeno
- Top2: Topoisomerasa II
- DE: Desviación Estándar 6.
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