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Con la colaboración de Grupo CTO

Editoriales

En los últimos 50 años, la ecocardiografia ha producido una auténtica revolución en el campo del diagnóstico no invasivo de las enfermedades cardiacas. La ecocardiografía se caracteriza por ser uno de los procedimientos diagnósticos de imagen más baratos y accesibles, por lo que es la técnica diagnostica más frecuentemente empleada en la valoración rutinaria del enfermo cardiovascular. En los últimos años la rápida expansión de método diagnóstico y de sus ámbitos de uso ha hecho que con frecuencia la dotación de recursos humanos y tecnológicos sea insuficientes para cubrir las amplias demandas generadas.


En 1736, Giovanni Maria Lancisi(1) reportó una Familia con 4 generaciones de enfermedad recurrente caracterizada por palpitaciones, falla cardíaca, dilatación aneurismática del ventrículo derecho (VD) y muerte súbita.


Los contrastes ecocardiográficos son suspensiones de microburbujas que, inyectadas por vía intravenosa, aumentan la intensidad de la señal ecográfica mejorando sensiblemente la relación señal-ruido.


Si bien sabemos que los virus son la causa más común de miocarditis (50% -70% de todos los casos)(1), el concepto de miocarditis no ha sido uniformemente establecido, prestándose a confusión.


La Cardiología ha evolucionado rápidamente en las últimas décadas, aumentando de forma exponencial su volumen y complejidad de los procedimientos y técnicas con ella relacionados. Nacida como una escisión de la Medicina Interna, la Cardiología se ha ido dividiendo en subespecialidades con el avance del saber médico.


Cuando, en diciembre 2019, se produjo el primer caso reportado de infección por coronavirus SARS-Cov-2 en la ciudad de Wuhan (China) y comenzó su prepagación a los conco continentes que motivó la declaración de la pandemia COVID-19 por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) el 11 de marzo 2020, pocos pudieron prever la vertiginosa cadena de acontecimientos que se desencadenaron en los meses subsiguientes y que todavía persisten en nuestro hacer diario.


El 31 de diciembre de 2019 se comunicaron varios brotes de neumonía de causa desconocida que compartían el antecedente epidemiológico de cercanía a un mercado de animales vivos en la ciudad china de Wuhan. El 9 de enero de 2020 se identificó como causante a un nuevo coronavirus, que recibiría el nombre de SARS-CoV-2(1, 2). Los coronavirus son una familia de virus que tienen una proteína de superficie que causa prominencias o espinas que recuerdan a una corona en la imagen del microscopio electrónico. La enfermedad quedó oficialmente bautizada como COVID-19. El día 11 de marzo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la pandemia mundial. Desde el inicio de la epidemia a la fecha de este resumen se han contabilizado más de 500.000 fallecimientos en el mundo y detectado cerca de 10.000.000 de casos.


El motor inicial de nuestra revista en su inicio hace tres años fue crear un punto de encuentro en lengua castellana, donde los apasionados de la ecocardiografía y otras técnicas de imagen tuviesen un foro común, con preferencia de exposición de casos clínicos. De esta idea nació RETIC, Revista de Ecocardiografía y otras Técnicas de Imagen Cardíaca.


La inteligencia artificial (IA) es una disciplina técnico-científica que en los últimos años ha presentado un potencial de desarrollo espectacular produciendo una revolución similar a la que generó en el siglo XIX la revolución industrial. La IA invade gran parte de nuestras actividades diarias, desde las simples como es dirigirse con Google Maps a nuestro trabajo diario, a las mas complejas como calcular la fracción de eyección en un estudio ecocardiográfico que hemos realizado en ese trabajo diario. Andrew Ni, uno de los científicos más conocidos del campo, tratando de expresar su futura ubicuidad, define a la IA como “la electricidad del siglo XXI”.


A grandes alturas la presión barométrica en la atmósfera se reduce de forma significativa, lo que conlleva una disminución en la presión parcial de los gases que la componen, entre ellos el oxígeno. La exposición a estas condiciones, conocida como hipoxia hipobárica, provoca una serie de adaptaciones fisiológicas a distintos niveles del organismo (pulmonar, cardiovascular, hematológico, metabólico...) que tienen como objetivo mantener una oxigenación tisular adecuada que asegure el correcto funcionamiento del mismo(1). Estas adaptaciones tienen lugar en mayor o menor medida en todos los individuos, lo que supone una mejor capacidad de ejercicio en altura. Sin embargo, poblaciones crónicamente expuestas a estas condiciones, como los tibetanos y los sherpas, presentan diferencias fisiológicas significativas respecto a los caucásicos, que les confieren una mayor capacidad de ejercicio(2, 3).


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